Leandro Díaz El hombre que aprendió a ver con el alma
Y la historia de Helena Ramos, la mujer que caminó a su lado en silencio
Por los caminos polvorientos de La Guajira, bajo un sol que parece eterno, nació un niño sin vista. Era 1928 y su nombre era Leandro. Nadie lo sabía entonces, pero ese niño ciego traía en su pecho una mirada distinta. Una que no necesitaba ojos para ver el mundo, porque lo sentía.
Leandro Díaz no vino a mirar, vino a sentir. Y lo hizo tan profundamente que sus canciones siguen palpitando en las gargantas del vallenato, mucho después de su partida.
Leandro Diaz nació en 1928 en Lagunita de la Sierra, en La Guajira, y llegó al mundo sin poder ver. Esta ceguera fue, al principio, un motivo de preocupación para su familia, pero con el tiempo, Leandro demostraría que su mayor fuerza estaba precisamente en su capacidad para sentir el mundo de manera diferente.
En lugar de depender de la vista, desarrolló un oído privilegiado y una sensibilidad única que le permitieron describir paisajes, personas y emociones en sus canciones con una precisión casi mágica. “Dios me quitó la vista para que aprendiera a ver con el alma”, dijo alguna vez.
Vivien en San Diego, Cesar por más de 20 años, donde formó el famoso “trío de cuatro” con Antonio Brain, Hugo Araújo y Juan Calderón.
Desde muy joven, Leandro mostró un talento innato para componer, llegando a tener cerca de 350 canciones en su repertorio. Sus letras, profundas y emotivas, lo convirtieron en un verdadero juglar vallenato. Fue autor de canciones como “Matilde Lina”, “La Diosa Coronada”, “Corina”, “Olvídame”, y “Diosa Humana”, que aún hoy siguen siendo parte fundamental del repertorio vallenato.
Su estilo se distinguía por ser contemplativo, poético y lleno de imágenes sensoriales que parecían imposibles para alguien que nunca había visto el mundo físico. Pero esa era justamente su magia: no necesitaba ojos para retratar la belleza de una mujer o el color del amanecer guajiro. Fue amigo cercano de grandes figuras como Rafael Escalona, con quien compartió parrandas e incluso la melodía de Corina, que Escalona usó para componer La brasilera.
Una anécdota famosa es su composición La muerte de Moralito, escrita por error cuando creyó muerto a su amigo Lorenzo Morales. Años después, ambos fueron homenajeados juntos en el Festival de la Leyenda Vallenata 2011.
Hubo una figura crucial en la vida del maestro: Helena Ramos, la esposa de Leandro Díaz. Su relación fue sólida, discreta y llena de afecto. Helena Ramos nació en en San Diego, Cesar y estuvo casada con Leandro Díaz por cerca de 52 años. De esta unión, nacieron 7 hijos, de los cuales solo viven 3: Ivo Luiz, Leandro y Diana.
Helena no solo fue su compañera sentimental, sino también su apoyo cotidiano. Estuvo a su lado en los momentos más difíciles y lo acompañó en su vida musical, muchas veces desde la sombra.
Helena fue quien sostuvo el hogar mientras Leandro se dedicaba a su arte. Su presencia fue clave para que él pudiera concentrarse en componer y cantar. Aunque el reconocimiento público ha sido escaso, muchos que lo conocieron aseguran que sin Helena, la carrera de Leandro no habría sido la misma.
Algo curioso es que ninguna de las canciones de Leandro Díaz, fue inspirada por su esposa Helena Ramos, el mismo lo dijo en repetidas ocasiones. Si bien ninguna fue inspirada por ella y sus canciones eran para otras, era Helena quien siempre disfrutaba esas composiciones.
Helena Clementina Ramos Ustáriz, falleció el 16 de diciembre de 2008 a sus 81 años de edad. Presentaba complicaciones respiratorias y renales que la mantuvieron internada en unidades de cuidados intensivos de clínicas en Valledupar y Barranquilla.
El cuerpo de Helena Clementina Ramos fue velado en la funeraria Los Olivos de Valledupar. Posteriormente, se realizaron las exequias en la catedral Nuestra Señora del Rosario, antes de ser sepultada en el cementerio Jardines del Ecce Homo.
Leandro Díaz falleció en 2013 a sus 85 años de edad tras complicaciones derivadas de su hipertensión, insuficiencia renal crónica y atrofia cerebral. Fue internado en la Clínica del Cesar en Valledupar un día antes de morir. Aunque inicialmente parecía estar en observación estable, su estado se agravó inesperadamente.
Leandro Díaz fue más que un compositor ciego: fue un sabio que vio la vida con el alma, que transformó su dolor y sensibilidad en canciones que hoy son bastante recordadas entre los colombianos. Su vida ha sido retratada en libros, documentales y recientemente en una telenovela que lleva su nombre, acercando su historia a nuevas generaciones.